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Caso De Uso I: La tragedia del ego y los LLM

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Durante años he ido acumulando conocimiento técnico.

  • IA, backend, automatización, datos…

Pero convertir todo eso en algo que realmente me represente no es tan trivial.

He estado trabajando en algo nuevo: una forma más clara de enseñar lo que hago, desde mi propia experiencia, con honestidad y transparencia. Y eso, en el mundo de la IA generativa, no abunda.

He decidido compartir en formatos más sencillos casos de uso donde la IA está transformando mi forma de entender la tecnología.

¿Y por qué este cambio?

Porque ayer me preguntaba dónde estaba fallando. ¿Por qué el contenido muy técnico que llevo subiendo estos últimos meses tiene poco alcance, mientras que las viñetas y el contenido corto, con ejemplos gráficos potentes, funcionan mucho mejor?

Las personas con perfiles parecidos al mío muchas veces no entendemos que, al resto de los mortales, la tecnología les apasiona lo justo. Quieren usarla, no necesariamente hacer una autopsia de cada nuevo modelo, proceso, servicio o producto. Y asumir errores, además, no suele ser algo que abunde en este lugar.

Lo bueno de reconocer que estoy aprendiendo a hacer algo nuevo —comunicarme en redes sociales— es entender que estar equivocado no es más que la posibilidad de haber encontrado una vía para mejorarlo. El problema no es equivocarse; el problema está en pensar que lo hacemos todo “correcto” y no avanzamos ni un metro.

Os pondré un ejemplo: es como pasarte días entrenando sobre una bicicleta, morir pedaleando sin llegar a ningún lado, y darte cuenta después de que lo estabas haciendo sobre una estática. Más esfuerzo, como nos enseñaron a muchos de mi generación, no implica necesariamente más beneficio.

Ayer tuve una “mentoría” maravillosa y reveladora con alguien —o algo— que suele ser criticado por ser demasiado condescendiente: un modelo de razonamiento de ChatGPT.

Al final el problema no es su condescendencia, sino nuestra fragilidad a admitir la crítica, cuando implica reconocer errores, o que nos susurren en la intimidad de un chatbot, verdades incómodas con la brutalidad inconsciente de un modelo de lenguaje, al que le pides:

“Dime dónde me estoy equivocando, sin paños calientes, porque necesito mejorar”.

Mientras ves formar sus primeras respuestas, a golpe de clic, cerramos la conversación, como quien da un portazo a la verdad, cuando nos sentimos desnudos frente a quien efectivamente nos hace caso, y elimina todo tipo de filtros convencionales y sociales. El algoritmo es frío, y eficiente, fija el claro objetivo de mejorar en la tarea y elude cualquier tipo de empatía balsámica, de una sociedad que se ha olvidado de la crueldad que envuelve los procesos evolutivos naturales.

Es curioso descubrir en mí que, aun sabiendo la naturaleza de mi interlocutor,un amasijo de silicio interconectado, entrenado con principios estadísticos, sin alma, sin sentimientos y, desde luego, sin intención, aparece cierto resentimiento y una sensación de sentirme atacado como algo personal, como una ilusión de buscar el refugio de un escudo, constructo mental, que me impide avanzar.

Y ese momento me llevó a una reflexión más profunda:

¿Cuántas veces personas reales, de carne y hueso, se habrán acercado a mi y, por miedo a despertar estos sentimientos, se habrán guardado ese consejo que podría haberme cambiado la vida? ¿Cuántas veces, en lugar de eso, nos han regalado los oídos con un consejo balsámico que no era más que una tirita emocional?

¿Por qué a veces recurro a un modelo de razonamiento para que evalúe mi trabajo?

Porque sé que, si me siento juzgado, muchas veces solo estoy viendo el reflejo del enemigo invisible que muchos llevamos al lado en esta profesión: el ego. Fiel compañero y, a menudo, responsable de frenar nuestro crecimiento personal.

Seguiré escribiendo de vez en cuando posts más técnicos, para ampliar mi portafolio y para quienes, aun viendo ladrillos técnicos gigantes, deciden dedicar cinco minutos a leer una sola cosa en vez de consumir miles a golpe de scroll.

Pero también he entendido algo importante.

La experiencia de llevar años haciendo presentaciones ante público poco técnico y formando a personas dentro de mi equipo, en ya más de medio centenar de becas, me ha hecho dar la razón a quien ayer me decía:

“Más imagen y menos texto”.

Ese “quien” tiene corazón de silicio y, hoy por hoy, se ha convertido en uno de los objetos de mis pasiones profesionales.

Si te interesa la IA aplicada de verdad —no demos—, creo que seguir mi trabajo te va a interesar.

Nota: primer caso de uso: la IA como tu confesor brutal, ese contra el que ya no te sirve la excusa de “me tiene manía” o “le caigo mal”.